Ostras y mejillones en las islas de Oléron y Ré

Extensas playas de arena blanca, decenas de kilómetros de carriles para ciclistas y una gastronomía basada en las ostras y mejillones son alicientes más que suficientes para hacer una escapada hasta las islas francesas de Oléron y Ré, que junto a la cercana isla de Aix, se encargan de proteger la desembocadura del río Charente de los furiosos embates del océano Atlántico.

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1. Isla de Oléron:

A Oléron se accede por un puente gratuito que la amarra a la Francia continental desde 1966. Puede que esta circunstancia haya desdibujado un tanto el carácter insular de esta tierra. Así que nada mejor que llegar hasta ella en una día lluvioso y con niebla para que esta sensación quede por completo diluida. Es viernes por la tarde y si no fuera por las eternas filas de vehículos que intentan cruzar ‘Le Viaduc‘, podría decirse que hemos estado a punto de conseguirlo. Parece un sarcasmo que una isla que se promociona como uno de los lugares más soleados de la costa atlántica francesa nos reciba de esta manera en mitad del verano. Aunque quizás no sea del todo mentira. Al menos eso es lo que uno llega a pensar, cuando ve a que a la altura de Dolus d’Oléron, siguiendo la carretera principal que atraviesa su territorio de sur a norte, las capas e impermeables con las que se cubrían los ciclistas que nos hemos cruzado por el camino han sido sustituidas por camisetas y mallas de colores deslumbrantes que resplandecen entre los rayos de sol que van progresivamente invadiendo el ambiente. Oléron es un paraíso para los amantes de las dos ruedas. La isla cuenta con un centenar de kilómetros de pistas que conectan todos sus extremos, hasta el punto de haber convertido a la bicicleta en el medio de transporte favorito de su veinte mil habitantes, una cifra que puede llegar a multiplicarse por cinco en los meses estivales. En esa época del año, Oléron se encoge un poco, aunque ni de lejos alcanza el bullicio y los inconvenientes de las grandes poblaciones costeras del mediterráneo español, en parte porque su oferta hotelera no es excesivamente amplia, a pesar de contar con 25 espléndidas playas.

La Linterna de los Muertos en St Pierre d'OléronSaint Pierre d’Oléron es probablemente la mejor opción desde donde recorrer esta isla que presume de ser la segunda más grande de Francia después de Córcega. La ‘capital’ de Oléron es una localidad fundamentalmente comercial, con un pequeño casco antiguo peatonalizado copado por cafés, restaurantes y pequeñas tiendas ´delicatessen´, entre las que sobresalen un puñado edificios de un cierto valor patrimonial. Su referente más habitual suele ser la iglesia de estilo neoclásico de la población, consagrada a San Pedro. El templo apenas ofrece nada interesante en su interior, con excepción de las vistas que se observan desde su campanario, abierto al público los meses de julio y agosto. Uno tiene la sensación de haber estado en un edificio semejante decenas de veces en Francia. Así que no conviene dedicarle demasiado tiempo, especialmente cuando no muy lejos de allí se alza la figura de la Linterna de los Muertos, un pináculo gótico del siglo XII, de 23,5 metros de altura (el más alto de Francia de este tipo), ubicado en lo que en su día fuera el camposanto de la localidad. La torre, de ciertas reminiscencias orientales, fue erigida con el fin de guiar el alma de los muertos en su discurrir hacia la vida ultraterrena. Hoy en día, su orgullosa estructura, se levanta en medio de un pequeño jardín, intentando rivalizar con el campanario de la iglesia por ser el punto más alto de la población. Un tercer punto de interés de esta localidad hermanada con Cariñena es la Casa de los Abuelos, una vivienda de puertas y contraventanas verdes, a la que no le vendría mal una mano de cal para recuperar el blanco impoluto que, sin duda, algún día debió de presentar en su fachada. En si misma, la casa no tendría ningún interés, de no ser porque en su jardín se encuentran enterrados los restos del escritor Pierre Loti (Rochefort, 1850-Hendaya, 1923), acompañados por el cubo y la pala con los que jugaba en su niñez. La tumba se puede visitar de junio a septiembre con unas visitas guiadas que permiten conocer la azarosa vida de este marino, reconvertido en escritor de éxito, gracias a obras como ‘Aziyadé’, ‘Ramuntcho’ o ‘La India sin los ingleses’. Loti sigue siendo un autor muy querido en Francia, aunque algunos le reprochan ahora su particular ‘ceguera’ ante el genocidio del pueblo armenio perpetrado por los turcos, de los que era un gran admirador. Una admiración que era mutua y de la que queda como recuerdo un famoso café en Estambul Pierre Lotibautizado con su pseudónimo, ya que en realidad el autor se llamaba Julien Viaud. Si uno quiere conocer el rostro que tenía el novelista, apenas a unos metros de la casa, en medio de la pequeña plaza de Eyup Sultan, se alza un busto de Pierre Loti, vestido con su traje de gala de marino, condecoración al cuello, mostacho al uso de la época y rostro pensativo que algunas veces parece querer desafiar a las decenas de coches que cada día aparcan alrededor de su pedestal. Una tarde da para poco más en Saint Pierre d’Oléron, aunque para aquel que disponga de algo más de tiempo, conviene acercarse al museo de la localidad, emplazado en la plaza Gambetta, para conocer un poco más de la historia y el patrimonio de esta isla (entrada 4,5 euros).

La Cotinière es el primer puerto de pesca artesanal del departamento de Charente-Maritime y el sexto de Francia de su clase. Está a pocos kilómetros al este de Saint Pierre d’Oléron y resulta un destino más que recomendable donde iniciar una segunda jornada de visita por la isla. En La Cotinière se desembarcaron en 2012, un total de 5.476 toneladas de pescados y mariscos, que dieron como resultado una ventas de 26,6 millones de euros. Las cifras hablan de 95 barcos operando desde sus instalaciones, en los que trabajan unos trescientos pescadores. Si algo caracteriza a este puerto es la variedad de los pescados que llegan hasta su lonja: rayas, langostinos, sepias, lenguados, cigalas o lubinas. Todos se pueden degustar en los restaurantes que rodean al puerto o si se prefiere, comprarlos frescos a lo largo de la tarde en el mercado de Victorine, un sencillo recinto de puestos azules y tejas rojas, que lleva el nombre de la que fuera una de las pescaderas más famosas del puerto.

Puerto de la Cotinière, en la isla de Oléron

Desde La Cotinière parte una pequeña carretera que va bordeando la costa noroeste de la isla. Una tras otra se suceden las playas de La Biroire, des Bonnes-Sables Vignier o de Chaucre, emplazadas junto a pequeñas poblaciones que han ido ganando terreno a lo que en su día debió de ser un gran bosque lleno de pinos crecidos en medio de las dunas. Hace una temperatura excepcional para tomar el sol, pero la marea está demasiado baja y hay que andar decenas de metros a través de los arrecifes para llegar al agua, lo que probablemente disuade a mucha personas de acudir con una sombrilla a la arena. Supongo que prefieren esperar a que suba la marea y que hasta entonces han optado por empapar sus cuerpos con las finas partículas de sal y yodo que llegan del océano, mientras dan una vuelta en bicicleta por los alrededores de Les Huttes, de La Bétaudiere o de la Guatrie. Desde esta última población se alcanza en pocos minutos la punta más septentrional de la isla de Oléron. Allí, desde 1836, se alza el faro de ChassironFaro de Chassironvigilando el denominado pertuis d’Antioche, un estrecho especialmente conflictivo para la navegación, debido a la presencia de rocas escondidas y de bancos de arena. El faro es el edificio más alto de la isla con sus 46 metros de altura, a los que se llega después de haber abonado los 2,5 euros de su entrada y de haber superado los 224 estrechos escalones que dan acceso hasta su literna. Desde de la misma se tiene un visión absolutamente excepcional de Oléron y de todo lo que la rodea. Una vista que sirve para comprobar que la isla es absolutamente llana y que de momento se encuentra a salvo de la rapiña que ha esquimaldo cientos de kilómetros de costa en otros lugares del mundo. Merece la pena recrearse unos minutos y contemplar el trazado geométrico de los jardines en forma de rosa de los vientos que rodean el faro, descubrir pausadamente en la lejanía la ubicación de la islas de Aix o Re o simplemente recrearse con la visión de los ciclistas que pedalean en dirección La Brée les Bains y Saint Denis d’Oléron, población ésta donde se encuentra el mayor puerto deportivo de la isla. Antes de bajar a la calle para aliviar la sed provocada por los escalones, merece también la pena detenerse unos momentos en la pequeña habitación habilitada para los fareros, donde éstos pasaban las noches de tempestad arrebujados en una estrecha cama encajada entre las paredes, mientras afuera los barcos intentaban evitar las traicioneras rocas escondidas bajo las aguas, guiados por la potente luz del faro. Duro oficio éste de farero que, afortunadamente, ha pasado a la historia en el caso de Chassiron, donde todos los procesos están actualmente automatizados.

Sombrilla en una playa de la isla de Oléron

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