Paella mixta en la isla de Alegranza (II)

Camino de Punta Delgada

Ante la perspectiva de salir otra vez magullado, opto por dar un paseo en solitario por el sendero que conduce hasta el faro de Punta Delgada, mientras mis acompañantes comienzan a acomodarse con sus toallas sobre las arenas rojizas de la playa. Con dificultad, alcanzo finalmente el camino, que transita en un principio paralelo al barranco de la Vista. A la izquierda queda el volcán la Caldera, al que se puede ascender a través de un camino construido sobre la roca durante los años de la Primera Guerra Mundial y a la derecha la llanura de la Vega, donde antiguamente se cultivaba el grano. Hoy en día no queda ni rastro de aquellos campos de trigo. Tampoco de la cebada que dicen que se enviaba a Las Palmas para hacer cerveza. Todo se encuentra invadido por pequeños arbustos adaptados a las escasas precipitaciones que se registran en la isla. Apenas aprecio ninguna huella de los cerdos que hubo en su día. Ni siquiera de las cabras que pastaron por Alegranza. Con su leche, dicen, los medianeros elaboraban un sabrosísimo queso que como casi todo en esta isla es tan solo un recuerdo cada vez más difuminado en la memoria de la que gente que pasó por estos lugares. Como también son un recuerdo las vacas que un día desembarcaron en la isla y que eran capaces de ascender las laderas más empinadas para buscar los pastos más escasos y sabrosos. Y como no, los dromedarios. Bueno, aquí les llaman camellos y aunque fueron traídos a Lanzarote desde las costas africanas después de la conquista, hoy son tan habituales en el paisaje de esta isla como otros elementos importados como puedan ser las tuneras, las palmeras o las araucarias. En Lanzarote, los camellos se utilizaban para labrar la tierra, aunque eso fue hasta más o menos los años ochenta, en que el auge del turismo los condenó a convertirse en un simple divertimento para los viajeros venidos del Reino Unido, Alemania o Noruega que visitan Timanfaya. En Alegranza nunca pasaron de esa función agrícola, ya que, según me dicen, los escasos desplazamientos de sus habitantes se hacían, por lo general, a pie o a lomos de un burro. Pienso en lo difíciles que serían las condiciones de vida en este pequeño pedazo de tierra volcánica y en el gran valor de las personas que un día se vieron impelidos a vivir aquí. Aunque más que valor, supongo que sería pura y simple necesidad.

AlegranzaSigo mi camino a buen paso por el sendero que ahora serpentea eludiendo las pequeñas elevaciones que encuentra a su paso. El mar, siempre presente, desaparece por momentos. Sobre todo cuando se acerca a los pies de La Atalaya y de Montaña Lobos, un volcán éste que lleva en su nombre el recuerdo de las desaparecidas focas fraile que en su día debieron de solazarse en las playas que hay debajo de la ladera que se desploma sobre el Atlántico. Ambas elevaciones forman el conjunto volcánico más joven de la isla y son la antesala de la llegada a los terrenos del faro. El edificio es Bien de Interés Cultural desde del 20 de diciembre de 2002, aunque está pendiente de una restauración que garantice su conservación. Actualmente es propiedad de la Autoridad Portuaria de Las Palmas, quien pensó en convertirlo en un pequeño hotel para turistas, aunque finalmente, gracias a la presión de varias organizaciones ecologistas, parece que terminará transformado en un espacio destinado a promover los valores que atesora el Parque Natural del Archipiélago Chinijo. Herido por el viento y el salitre, la paredes costrosas del edificio son el recuerdo de un viejo lienzo enjalbegado. A pesar de todo, el faro sigue conservando la misma dignidad que cuando comenzó a funcionar allá por 1865. Desde entonces hasta ahora, raro ha sido el día en que ha dejado de prestar su función de guiar a los barcos que se acercan hasta las costas de Alegranza. Doy un pequeño paseo alrededor de la planta cuadrada del edificio y vislumbro las deterioradas ventanas de color verde enmarcadas por sillares de piedra volcánica envejecidos por los años, que también dibujan el perfil del zócalo, las esquinas y la cornisa. La piedra volcánica es, además, el único material presente exteriormente en la torre cilíndrica que aloja la luminaria. Según cuenta Agustín Pallarés en su libro ‘La isla de Alegranza’, la instalación cuenta con dos viviendas, articuladas alrededor de un patio interior, para uso de las familias de los linterneros que en su día se encargaron de su mantenimiento.

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El faro de Alegranza

      Si hay alguien que de verdad conoce la isla de Alegranza y su faro ese es, sin duda, Agustín Pallarés. El escritor llegó a la isla en la primavera de 1937, en plena Guerra Civil, acompañando a su padre que había sido enviado como farero a Alegranza, después de haber sido represaliado por el régimen franquista por su pertenencia al Partido Socialista. Aunque desterrado de manera forzosa, el destino de Manuel Pallarés podríamos considerarlo casi benévolo en comparación con las atrocidades experimentadas por otros individuos que se opusieron al levantamiento militar. Agustín Pallarés vivió en el faro hasta los quince años. Luego se convertiría también en torrero, lo que le permitió regresar en 1956 a Alegranza, donde transcurrirían otros doce años de su vida, hasta que el faro fue automatizado y el personal del mismo transferido a Arrecife. De todo ello deja constancia en su libro. Un texto en el que se ocupa especialmente de los técnicos que ocuparon la instalación, pero en el que también recuerda a los personajes corrientes que pasaron por la isla, como el señor Eduardo y sus veranos en la isla practicando la pesca de subsistencia junto a su abundante descendencia o el señor Juan y su nostalgia por los años vividos en Cuba. También de los escritores que pasaron por Alegranza. De ellos guarda especial simpatía por Alberto Vázquez Figueroa. Probablemente porque su madre había nacido en el faro de la cercana isla de Lobos, en el que también vio la luz Josefina Pla. Esta última alcanzó renombre internacional como poetisa en Paraguay, aunque antes de emigrar vivió algo más de un año en el faro de Alegranza cuando era muy pequeña. Ignacio Aldecoa es otro de los escritores que pasa por las páginas de su libro. Pallarés describe al escritor vitoriano como un hombre “taciturno y poco comunicativo” y manifiesta su pesar por el personaje inspirado en su figura que aparece en su última novela,’Parte de una historia’, al que Aldecoa describe, según dice, como una “persona hosca, autoritaria y mezquina”. Imagino lo mucho que debió de arrepentirse de la hospitalidad brindada a este novelista que tan hondo caló en lo habitantes de La Graciosa, mientras me acercó al pequeño dique que hay junto al faro. Echo un vistazo al mar y al cercano volcán de La Rapadura. Al fondo veo unos pájaros que vuelan al borde del agua. Supongo que son pardelas cenicientas, aunque dados mis escasos ornitológicos también podrían ser simples gaviotas. Si hay un ave íntimamente relacionada con Alegranza esa no es otra que la parcela cenicienta. En la isla se encuentra la mayor colonia de esta especie que existe en las Canarias. El ave vive aquí un momento de recuperación, difícilmente inimaginable hace unos años, cuando todavía era objeto de captura sistemática debido a lo apreciado de su carne. Aunque protegida, raro es el verano en el que no puede leerse una noticia acerca de la detención de algún furtivo tratando de emular a aquellos antiguos pardeleros procedentes fundamentalmente de Órzola. Armados de una vara flexible con un anzuelo, los pardeleros hurgaban en el interior de los nidos que estas aves construyen en cuevas, rocas o debajo de la tierra hasta que conseguían que salieran al exterior, donde eran sacrificadas de un bocado en el cuello o en el cráneo. Los ejemplares eran llevados entonces al borde del mar para ser limpiados y salados al objeto de garantizar su conservación hasta que fueran vendidos. Nunca he probado el sabor de la pardela, aunque si que conozco a gente que lo hizo cuando éste era un bocado de lo más habitual en Lanzarote. Todos me dicen que es una de las carnes más sabrosas que hayan probado nunca. De todas manera me pregunto si esta percepción no tiene mucho que ver con una época de escasez, en la que a duras penas era difícil comer tres veces al día y en la que todo lo que se salía fuera de lo habitual era considerado como exquisito.

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Paella mixta en la playa del Veril

Miro el reloj del móvil y me doy cuenta de que tengo que regresar. Desando a buen paso los más de cuatro kilómetros que hay hasta la playa del Veril. Todo es silencio y soledad, tan solo quebrado por el ruido del océano y por algún lagarto que se cruza en el camino. Me siento por momentos como el actor Chris Hemsworth al llegar a tierra firme “En el corazón del mar”. Bebo un poco de agua y envuelto en sudor desciendo hasta la arena rojiza a tiempo de recoger una de las raciones de paella mixta de pollo y gambas que reparten los organizadores del viaje. Los granos están poco sueltos. Aún si me parece una de la mejores paellas que he comido nunca al aire libre. Reconozco que soy víctima del hambre y de una caminata agotadora. También me muestro comprensivo con la dificultad que tiene la elaboración de un plato como éste en un sitio tan apartado del mundo para un grupo tan numeroso. Apuro los guisantes, los trozos de pimiento rojo y de cebolla. Le doy un trago a mi cerveza de bote y me recuesto sobre la toalla para comerme el plátano que he elegido como postre. Echo un vistazo a mi alrededor y me percato de un nutrido grupo de viajeros, víctima de los efluvios etílicos, que airean su desinhibición a grandes gritos. Supongo que son los inevitables problemas que genera la barra libre en viajes como éste. Intento que nada me perturbe, que nada me aleje de la íntima sensación de haber pisado la última isla que me quedaba por conocer de este archipiélago. El último pedazo de tierra canaria habitado o que lo estuvo alguna vez en el pasado. Es en ese momento cuando alguien me recuerda que nunca hollé el roque del Este, el del Oeste ni Montaña Clara. Tampoco la mítica isla de San Borondón. Y es que esos lugares son parte de otra historia canaria. Una historia que espero que pueda llegar alguna vez a ser escrita.

Paella mixta

La receta de la paella mixta

La paella mixta es, quizás, la variante más tradicional que existe de la paella propiamente dicha. Esta receta que figura a continuación es muy parecida a la que nos sirvieron en la isla de Alegranza y, por ende, muy parecida a la que hacía mi padre todos los domingos en mi casa. Probablamente, la única diferencia con la de mi padre es que este también le incorporaba un poco de rape, aunque, de vez en cuando, para innovar un poco, también cambiaba las gambas por un cangrejos de mar o de río.

Ingredientes para cuatro personas:

  • Medio kilo de arroz bomba
  • Medio kilo de carne de pollo
  • Un cuarto de kilo de gambas o langostinos
  • Un cuarto kilo de mejillones
  • Cien gramos de guisantes
  • Caldo de pescado
  • Un pimiento rojo
  • Una cebolla pequeña
  • Un diente de ajo
  • Una cucharada de colorante
  • Sal
  • Aceite de oliva virgen extra

Elaboración:

  1. En una paella (recipiente para el arroz) depositamos el aceite de oliva virgen extra. Calentamos y añadimos a continuación la carne de pollo.
  2. Una vez que esté dorada, incorporamos el pimiento, la cebolla, el ajo, que previamente habremos cortado en pequeños pedazos. Removemos todo hasta que bien pochado y le añadimos los guisantes.
  3. Incorporamos el arroz bomba, que absorbe más líquido, lo mezclamos y rehogamos.
  4. Añadimos el caldo de pescado y la sal, repartimos el arroz de manera uniforme e incorporamos el colorante para que el arroz adquiera su típico color dorado. Esperamos a que el agua hierva.
  5. Se incorporan los mejillones, los langostinos o las gambas y dejamos cocer todo a fuego lento hasta que el caldo se consuma. Será entonces cuando tengamos nuestra paella mixta. Esperamos algunos minutos para que repose y servimos.

Agenda práctica

Cómo llegar: Líneas Marítimas Romero organiza viajes todos los sábados y domingos del mes de septiembre desde La Graciosa a Lanzarote y de ahí a la isla de Alegranza. El precio en 2014 era de cuarenta euros, que incluye el viaje, la comida y las bebidas. Teléfono: 928 842 055. La página web de la empresa (www.lineasromero.com) ofrece también la posibilidad de encontrar alojamiento en La Graciosa, algo muy difícil de conseguir en los meses de verano.

Bibliografía:

Parte de una historia, de Ignacio Aldecoa. Editorial Alfaguara, 2003. El libro está ambientado en isla de La Graciosa, aunque uno de sus pasajes transita por Alegranza.

La isla de Alegranza. de Agustín Pallarés. Ediciones Remotas, 2013.

Últimas noticias sobre Alegranza: ha pasado casi un año de esta visita y el faro de Alegranza ha sido por fin rehabilitado, aunque no sin cierta polémica. Para saber más sobre su historia reciente os recomiendo estos enlaces:

http://www.eldiario.es/canariasahora/sociedad/rehabilita-Faro-Alegranza-puertas-restauradas_0_386011464.html

http://www.lavozdelanzarote.com/articulo/politica/concluyen-obras-faro-alegranza/20150504084034098090.html

Cine: ‘In the heart of the sea’ (‘En el corazón del mar’), la película dirigida por Ron Howard y protagonizada por Chris Hemsworth. La película fue rodada en Lanzarote y La Gomera, aunque también contiene tomas aéreas de Alegranza, que se supone que es la isla a la que llegan los náufragos del ballenero Essex, el barco que inspiró la novela Moby Dick. El film se estrena a finales de 2015.

Nota sobre las fotografías: Las instantáneas de la puerta del faro de Punta Delgada y del paisaje del interior de la isla pertenecen a la página web http://www.ousferrats.com. La foto del faro figura en el blog https://islaflipica.blogspot.com.es, que elabora Luis Miguel Coloma. Merece la pena que os déis una vuelta por sus páginas.

Autor: José Antonio Gallego

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