De Getaria a Haro: cuatro días entre bodegas y viñedos

Otoño es la estación ideal para visitar dos de la denominaciones de vino más importantes del norte de España: la  DO  Txacolí de  Getaria y la DOC  Rioja. Aparte de contemplar en  directo  los  trabajos de  recolección de la  uva,  también  podremos  empaparnos  de  los maravillosos  colores  que  tamizan  los  campos de  viñedos,  donde se  entremezclan  el verde, el rojo y el ocre de la hojas,  con  los  negros  sedosos, azules  oscuros o  amarillos lustrosos de  los  racimos.  Un  verdadero espectáculo para los  sentidos y especialmente para  la vista, lo  que  nos  servirá, además,  para  apreciar  las  delicadas, contundentes o sofisticadas notas de los vinos que, a buen seguro, saborearemos durante el viaje.


PRIMER DÍA DE VIAJE

Nuestro viaje se inicia en San Sebastián, a orillas de la bahía de la Concha. De allí partimos por la mañana temprano en dirección a Bilbao, a través de la AP-8. A unos veinte kilómetros abandonamos la autopista en el peaje de Zarautz y tomamos la carretera de la costa en dirección a la primera parada de nuestros viaje. De Getaria se pueden decir muchas cosas, aunque lo que más define su personalidad es su vocación marinera. Allí nacieron Juan Sebastián Elcano, el primer hombre que dio la vuelta al mundo, hace ya 495 años, y Cristóbal Balenciaga, uno de los más famosos modistos de la historia del siglo XX. Elcano murió en el Pacífico, así que su tumba no se encuentra en Getaria, aunque si que existen diversos estatuas y monumentos que recuerdan su hazaña y la de los 17 hombres que completaron aquella inmensa gesta. Balenciaga cuenta con un interesante museo dedicado a sus diseños (Aldamar Parkea Parkea, tlfno: 6943 00 88 40) y al contrario que Elcano si que está enterrado en el cementerio de la localidad. Su tumba se puede visitar grutuitamente. El camposanto donde reposa es uno de los puntos más privilegiados que existen en esta localidad para observar el paisaje de viñedos que se desparrama desde la colinas que rodean Getaria hasta las mismísimas aguas del mar Cantábrico. Getaria da nombre a la más famosa denominación de vino txakolí que se produce en el País Vasco: Getariako Txakolina. Las otras dos: Bizkaiko Txakolina y Arabako Txakolina, aunque han mejorado mucho en los últimos años, todavía no rozan su excelencia. El txacolí es un vino ligero, afrutado y un poco carbonatado con una graduación alcohólica entre once y doce grados. Esta elaborado con una uva llamada hondarrabi zuri (blanca), que también se produce en las cercanas provincias de Burgos y Cantabria. De hecho, existen expertos que defienden el origen cántabro de esta uva. Hay otra uva tinta, la hondarrabi beltza, aunque no son demasiado los vinos que se elaboran con ella. En Getaria está una de las mejores bodegas de la denominación, Txomín Etxaniz. Conviene visitarla  para conocer el  proceso de elaboración de este vino (hay que pedir cita en txakoli@txominetxaniz.com o  en el teléfono  943 14 07 02).  En caso de no verla, siempre podemos comprar una de sus botellas en cualquier tienda de la localidad (entre ocho y nueve euros). Para terminar la mañana lo mejor es acercarnos a comer a alguno de los restaurantes que hay en el puerto para degustar el pescado fresco recién traído que allí se sirve. No es barato, pero merece la pena. Si queremos algo más asequible, en la calle principal del casco antiguo hay restaurantes para todos los bolsillos.

De Getaria a Haro hay unos 160 kilómetros. Para llegar, allí volvemos a AP-8 y seguimos hasta  Bilbao. Luego  enlazamos  con la AP-68. Haro es la  capital  del vino de  Rioja y lo mejor que podemos  hacer para explorarla es  acomodarnos en el hotel Los Agustinos (www.hotellosagustinos.com). Desde 1373, este  alojamiento de cuatro estrellas  ha sido convento, guarnición militar, cárcel y hospital. Aún pueden verse en el patio los grafitis que dejaron los presos en  el siglo XIX.  También tiene un  restaurante que merece mucho la pena. Una vez acomodados,  lo mejor que podemos hacer para terminar la tarde es dar una vuelta por esta localidad para conocer algunos de sus atractivos: la plaza de la Paz, el Ayuntamiento, el palacio Paternina, el palacio de los Condes de Haro, el palacio Salazar o el Torreón Medieval, este último convertido en museo de arte contemporáneo. Para cenar, nada mejor que tomar unos vinos acompañados de unos pinchos en la zona peatonal de La Herradura, la zona más típica para tapear de la ciudad y que engloban las calles San Martín y Santo Tomás.

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El Bazar de las Especias de Estambul

Bazar de la Especias de EstambulEl Bazar de las Especias es uno de esos lugares de Estambul al que uno siempre tendría que ir, aunque fuera en un viaje rápido a esta ciudad. Además de ser uno de los mercados más antiguos de Estambul, lo que ya de por sí lo hace merecedor de una visita, este lugar es el sitio ideal para la adquisición de dulces, frutos secos, curry, cayena, cardamomo, azafrán, cúrcuma o las más inimaginables variedades de té o de infusiones elaboradas con hibisco, rosa o jazmín, algunas de las cuales pueden llegar a alcanzar las 200 liras turcas el kilo (más de sesenta euros). A este mercado cubierto con forma de L los turcos los denominan Bazar Egipcio (Mısır Çarşısı), ya que fue terminado en 1664 por arquitecto jefe imperial otomano Mustafa Ağa con los impuestos procedentes de El Cairo. El edificio fue levantado con el objetivo de financiar con sus beneficios a la cercana Mezquita Nueva (Yeni Cami) y al principio recibió el nombre de Mercado Nuevo o Mercado de la Valida, en honor de la madre del sultán Mehmet IV, Turhan Hadice, impulsora de la conclusión de todo este complejo religioso, iniciado cerca de setenta años atrás. El mercado nació para centralizar el comercio de especias, aunque también para la venta de hierbas con los que elaborar todo tipo de complejos medicinales para aliviar las penalidades del cuerpo humano. El Bazar de las Especias sufrió dos grandes incendios en 1691 y 1940, de manera que lo que podemos ver hoy en día es una aproximación lo más cercana posible a aquel proyecto original. Aún así merece la pena atravesar alguna de sus seis puertas para adentrarse en cualquiera de sus dos alas para hacer unas compras. Por lo general, los puestos que se encuentran más cerca de las entradas son los más caros, aunque también suelen disponer de productos de más calidad. Merece la pena recorrer las cerca de noventa tiendas que lo componen para ir comprobando los precios. Los dueños no suelen ser nada agresivos, aunque como es habitual, si nos ven merodear durante mucho tiempo nos preguntarán si queremos algo en cualquiera de los idiomas que manejan. Otra opción es acercarse a los puestos que existen fuera del mercado, que son muchos más baratos, aunque no suelen envasar al vacío, lo que puede convertirse en un pequeño problema a la hora de viajar, en el caso de que uno sea un maniático de los olores. Como pequeño consejo os recomiendo que vayáis a la tienda que tiene el fabricante Hazer Baba junto a la puerta de la calle de Hasircilar. Buen material, servicio rápido y profesional y un catálogo amplio de productos, entre ellos, su apreciadas delicias turcas, muy parecidas a nuestras a gominolas, y que también son conocidas con el nombre de lokum. Apenas a diez metros de allí, aunque ya fuera del bazar, se encuentra el Kurukahveci Mehmet Efendi, la casa de café más famosa de Estambul, donde se pueden comprar paquetes o botes de café, de cuarto, medio o un kilo, después de hacer una pequeña cola. El café turco es oscuro y fuerte, aunque sigue estando por detrás del té en cuanto a las preferencias de los habitantes de Estambul y del resto del país. Vale la pena llevarse un paquete a casa para saborear a la vuelta con las tradicionales delicias turcas o los omnipresentes baklava, esos hojaldres dulces rellenos de frutos secos y cubiertos de almíbar, tan típicos de los Balcanes a Oriente Medio y que pueden encontrarse por todo Estambul. Tengo una amiga que viaja frecuentemente a la ciudad y que me explica que lo más sensato es comprar cualquiera de los productos que se encuentran en este bazar en un supermercado. Son más baratos y están perfectamente envasados, me dice. Supongo que tiene razón, aunque desde luego, quién podría resistirse a comprar en un mercado con más 350 años de historia que siguen llevando los descendientes de aquellos comerciantes que traficaban con los productos procedentes de la Ruta de la Seda, para hacerlo en uno de esos asépticos y despersonalizados establecimientos que repiten lo mismos modelos comerciales en cualquier parte del mundo. Sigue leyendo

Paella mixta en la isla de Alegranza (II)

Camino de Punta Delgada

Ante la perspectiva de salir otra vez magullado, opto por dar un paseo en solitario por el sendero que conduce hasta el faro de Punta Delgada, mientras mis acompañantes comienzan a acomodarse con sus toallas sobre las arenas rojizas de la playa. Con dificultad, alcanzo finalmente el camino, que transita en un principio paralelo al barranco de la Vista. A la izquierda queda el volcán la Caldera, al que se puede ascender a través de un camino construido sobre la roca durante los años de la Primera Guerra Mundial y a la derecha la llanura de la Vega, donde antiguamente se cultivaba el grano. Hoy en día no queda ni rastro de aquellos campos de trigo. Tampoco de la cebada que dicen que se enviaba a Las Palmas para hacer cerveza. Todo se encuentra invadido por pequeños arbustos adaptados a las escasas precipitaciones que se registran en la isla. Apenas aprecio ninguna huella de los cerdos que hubo en su día. Ni siquiera de las cabras que pastaron por Alegranza. Con su leche, dicen, los medianeros elaboraban un sabrosísimo queso que como casi todo en esta isla es tan solo un recuerdo cada vez más difuminado en la memoria de la que gente que pasó por estos lugares. Como también son un recuerdo las vacas que un día desembarcaron en la isla y que eran capaces de ascender las laderas más empinadas para buscar los pastos más escasos y sabrosos. Y como no, los dromedarios. Bueno, aquí les llaman camellos y aunque fueron traídos a Lanzarote desde las costas africanas después de la conquista, hoy son tan habituales en el paisaje de esta isla como otros elementos importados como puedan ser las tuneras, las palmeras o las araucarias. En Lanzarote, los camellos se utilizaban para labrar la tierra, aunque eso fue hasta más o menos los años ochenta, en que el auge del turismo los condenó a convertirse en un simple divertimento para los viajeros venidos del Reino Unido, Alemania o Noruega que visitan Timanfaya. En Alegranza nunca pasaron de esa función agrícola, ya que, según me dicen, los escasos desplazamientos de sus habitantes se hacían, por lo general, a pie o a lomos de un burro. Pienso en lo difíciles que serían las condiciones de vida en este pequeño pedazo de tierra volcánica y en el gran valor de las personas que un día se vieron impelidos a vivir aquí. Aunque más que valor, supongo que sería pura y simple necesidad.

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Paella mixta en la isla de Alegranza (I)

Alegranza

De manera, más o menos oficial, puede decirse que Alegranza está deshabitada desde 1970. Fue entonces cuando el último medianero de la isla se vio obligado a abandonarla, después del escándalo generado por la publicación en el extinto diario Pueblo de un artículo sobre las duras condiciones de vida de su familia. Cipriano Acosta, que así se llamaba el aparcero en cuestión, su mujer y sus dos hijas regresaron a Ye, en Lanzarote, siguiendo los pasos que dos años antes habían emprendido los responsables del faro de Punta Delgada, después de que se hubiera automatizado esta instalación. Las risas, las voces y los llantos desaparecieron de Alegranza y la isla quedó a merced de los vientos y de las olas que azotan desde tiempo inmemorial este exiguo pedazo de tierra volcánica de poco más de diez kilómetros cuadrados de superficie. Así, sola y alejada de los grandes flujos turísticos, ha permanecido desde entonces. Como un enorme animal marino surgido del mar, con el que se topan a diario los buques que arriban a Canarias procedentes de Europa. Alegranza es la primera de las islas occidentales que se encuentran en el camino. De ahí, quizás, el origen de su nombre. Dicen Torriani y Abreu Galindo  que Alegranza no sería sino el grito de exclamación pronunciado en 1402 por los mercenarios de la expedición de Jean de Béthencourt, cuando encontraron tierra firme después de un periplo agotador en pos de la conquista de Lanzarote. Una hipótesis que tiene mucho de poético, aunque los hechos de verdad lo desmientan. Que se sepa, el nombre ya aparecía en los mapas que circulaban por Europa medio siglo antes. Por eso la teoría más plausible es aquella otra que dice que el nombre le habría sido otorgado por algún geógrafo de origen transalpino, en honor de una de las dos galeras de la expedición de los navegantes Ugolino y Guido Vilvaldi. Estos dos hermanos italianos partieron en 1291 el puerto de Génova con la intención de encontrar una nueva ruta con la reactivar el comercio de especias, después de que los bastiones cristianos en Tierra Santa hubieran caído en manos musulmanes. Aunque es poco en realidad lo que se sabe sobre la travesía de esta expedición, por lo que parece las tripulaciones habrían alcanzado el cabo de Juby, en el extremo meridional de Marruecos, a pocos kilómetros de Alegranza. A partir de ahí su pista se pierde, por lo que son muchas las teorías que se han escrito sobre la misteriosa desaparición de la ‘Allegranza’ y la ‘Sant’Antonio’. Unos defienden que habrían llegado hasta Senegal, otros que se hundieron después de una tempestad y otros más que los barcos habrían naufragado frente a las costas de la isla. Fuera lo que fuese, lo cierto es que no es difícil imaginar que aquellas dos galeras pudieron haber acabado despedazadas frente de los acantilados de isla, sobre todo ahora que nos acercamos hasta sus inmediaciones. Sigue leyendo

Ostras y mejillones en las islas de Oléron y Ré (II)

2.- Isla de Ré

Ré es uno de los destinos más elegantes de la costa atlántica francesa. Una isla luminosa, llena de casas encaladas, en donde se valora especialmente el silencio y la tranquilidad. Dos características que la han convertido en un cotizado refugio entre una buena parte de la alta burguesía francesa. En Ré también hay fortalezas que son Patrimonio de la Humanidad, un buen número de playas de arena fina situadas entre las mejores de Francia y algunos tópicos que han forjado su personalidad, como sus burros vestidos con pantalones. A Ré se sabe cuando se llega y cuando se parte, aunque debería estar prohibido tener una fecha fija para marcharse de ella.

Mural con el plano de la isla de Ré ubicado en la localidad de Saint Martin

El puente que conduce a la isla de Ré se terminó de construir en 1988. Es gratuito para los vecinos de la isla y para todo aquel que se atreva a cruzar sus 2.926,5 metros de distancia a pie o en bicicleta. Para acceder en coche es necesario pagar un peaje de ida y vuelta de 16 de euros en temporada alta (del 20 de junio al 11 de septiembre). A pesar de todo, las colas son una constante a lo largo de los meses de verano, en los que pueden llegar a contabilizarse hasta 16.000 vehículos diarios. Otra opción más barata es tomar uno de los autobuses que enlazan La Rochelle con la isla. Sigue leyendo

Ostras y mejillones en las islas de Oléron y Ré

Extensas playas de arena blanca, decenas de kilómetros de carriles para ciclistas y una gastronomía basada en las ostras y mejillones son alicientes más que suficientes para hacer una escapada hasta las islas francesas de Oléron y Ré, que junto a la cercana isla de Aix, se encargan de proteger la desembocadura del río Charente de los furiosos embates del océano Atlántico.

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1. Isla de Oléron:

A Oléron se accede por un puente gratuito que la amarra a la Francia continental desde 1966. Puede que esta circunstancia haya desdibujado un tanto el carácter insular de esta tierra. Así que nada mejor que llegar hasta ella en una día lluvioso y con niebla para que esta sensación quede por completo diluida. Es viernes por la tarde y si no fuera por las eternas filas de vehículos que intentan cruzar ‘Le Viaduc‘, podría decirse que hemos estado a punto de conseguirlo. Parece un sarcasmo que una isla que se promociona como uno de los lugares más soleados de la costa atlántica francesa nos reciba de esta manera en mitad del verano. Aunque quizás no sea del todo mentira. Al menos eso es lo que uno llega a pensar, cuando ve a que a la altura de Dolus d’Oléron, siguiendo la carretera principal que atraviesa su territorio de sur a norte, las capas e impermeables con las que se cubrían los ciclistas que nos hemos cruzado por el camino han sido sustituidas por camisetas y mallas de colores deslumbrantes que resplandecen entre los rayos de sol que van progresivamente invadiendo el ambiente. Oléron es un paraíso para los amantes de las dos ruedas. La isla cuenta con un centenar de kilómetros de pistas que conectan todos sus extremos, hasta el punto de haber convertido a la bicicleta en el medio de transporte favorito de su veinte mil habitantes, una cifra que puede llegar a multiplicarse por cinco en los meses estivales. En esa época del año, Oléron se encoge un poco, aunque ni de lejos alcanza el bullicio y los inconvenientes de las grandes poblaciones costeras del mediterráneo español, en parte porque su oferta hotelera no es excesivamente amplia, a pesar de contar con 25 espléndidas playas.

La Linterna de los Muertos en St Pierre d'OléronSaint Pierre d’Oléron es probablemente la mejor opción desde donde recorrer esta isla que presume de ser la segunda más grande de Francia después de Córcega. La ‘capital’ de Oléron es una localidad fundamentalmente comercial, con un pequeño casco antiguo peatonalizado copado por cafés, restaurantes y pequeñas tiendas ´delicatessen´, entre las que sobresalen un puñado edificios de un cierto valor patrimonial. Su referente más habitual suele ser la iglesia de estilo neoclásico de la población, consagrada a San Pedro. El templo apenas ofrece nada interesante en su interior, con excepción de las vistas que se observan desde su campanario, abierto al público los meses de julio y agosto. Uno tiene la sensación de haber estado en un edificio semejante decenas de veces en Francia. Así que no conviene dedicarle demasiado tiempo, especialmente cuando no muy lejos de allí se alza la figura de la Linterna de los Muertos, un pináculo gótico del siglo XII, de 23,5 metros de altura (el más alto de Francia de este tipo), ubicado en lo que en su día fuera el camposanto de la localidad. La torre, de ciertas reminiscencias orientales, fue erigida con el fin de guiar el alma de los muertos en su discurrir hacia la vida ultraterrena. Hoy en día, su orgullosa estructura, se levanta en medio de un pequeño jardín, intentando rivalizar con el campanario de la iglesia por ser el punto más alto de la población. Un tercer punto de interés de esta localidad hermanada con Cariñena es la Casa de los Abuelos, una vivienda de puertas y contraventanas verdes, a la que no le vendría mal una mano de cal para recuperar el blanco impoluto que, sin duda, algún día debió de presentar en su fachada. En si misma, la casa no tendría ningún interés, de no ser porque en su jardín se encuentran enterrados los restos del escritor Pierre Loti (Rochefort, 1850-Hendaya, 1923), acompañados por el cubo y la pala con los que jugaba en su niñez. La tumba se puede visitar de junio a septiembre con unas visitas guiadas que permiten conocer la azarosa vida de este marino, reconvertido en escritor de éxito, gracias a obras como ‘Aziyadé’, ‘Ramuntcho’ o ‘La India sin los ingleses’. Loti sigue siendo un autor muy querido en Francia, aunque algunos le reprochan ahora su particular ‘ceguera’ ante el genocidio del pueblo armenio perpetrado por los turcos, de los que era un gran admirador. Una admiración que era mutua y de la que queda como recuerdo un famoso café en Estambul Pierre Lotibautizado con su pseudónimo, ya que en realidad el autor se llamaba Julien Viaud. Si uno quiere conocer el rostro que tenía el novelista, apenas a unos metros de la casa, en medio de la pequeña plaza de Eyup Sultan, se alza un busto de Pierre Loti, vestido con su traje de gala de marino, condecoración al cuello, mostacho al uso de la época y rostro pensativo que algunas veces parece querer desafiar a las decenas de coches que cada día aparcan alrededor de su pedestal. Una tarde da para poco más en Saint Pierre d’Oléron, aunque para aquel que disponga de algo más de tiempo, conviene acercarse al museo de la localidad, emplazado en la plaza Gambetta, para conocer un poco más de la historia y el patrimonio de esta isla (entrada 4,5 euros).

La Cotinière es el primer puerto de pesca artesanal del departamento de Charente-Maritime y el sexto de Francia de su clase. Está a pocos kilómetros al este de Saint Pierre d’Oléron y resulta un destino más que recomendable donde iniciar una segunda jornada de visita por la isla. En La Cotinière se desembarcaron en 2012, un total de 5.476 toneladas de pescados y mariscos, que dieron como resultado una ventas de 26,6 millones de euros. Las cifras hablan de 95 barcos operando desde sus instalaciones, en los que trabajan unos trescientos pescadores. Si algo caracteriza a este puerto es la variedad de los pescados que llegan hasta su lonja: rayas, langostinos, sepias, lenguados, cigalas o lubinas. Todos se pueden degustar en los restaurantes que rodean al puerto o si se prefiere, comprarlos frescos a lo largo de la tarde en el mercado de Victorine, un sencillo recinto de puestos azules y tejas rojas, que lleva el nombre de la que fuera una de las pescaderas más famosas del puerto.

Puerto de la Cotinière, en la isla de Oléron

Desde La Cotinière parte una pequeña carretera que va bordeando la costa noroeste de la isla. Una tras otra se suceden las playas de La Biroire, des Bonnes-Sables Vignier o de Chaucre, emplazadas junto a pequeñas poblaciones que han ido ganando terreno a lo que en su día debió de ser un gran bosque lleno de pinos crecidos en medio de las dunas. Hace una temperatura excepcional para tomar el sol, pero la marea está demasiado baja y hay que andar decenas de metros a través de los arrecifes para llegar al agua, lo que probablemente disuade a mucha personas de acudir con una sombrilla a la arena. Supongo que prefieren esperar a que suba la marea y que hasta entonces han optado por empapar sus cuerpos con las finas partículas de sal y yodo que llegan del océano, mientras dan una vuelta en bicicleta por los alrededores de Les Huttes, de La Bétaudiere o de la Guatrie. Desde esta última población se alcanza en pocos minutos la punta más septentrional de la isla de Oléron. Allí, desde 1836, se alza el faro de ChassironFaro de Chassironvigilando el denominado pertuis d’Antioche, un estrecho especialmente conflictivo para la navegación, debido a la presencia de rocas escondidas y de bancos de arena. El faro es el edificio más alto de la isla con sus 46 metros de altura, a los que se llega después de haber abonado los 2,5 euros de su entrada y de haber superado los 224 estrechos escalones que dan acceso hasta su literna. Desde de la misma se tiene un visión absolutamente excepcional de Oléron y de todo lo que la rodea. Una vista que sirve para comprobar que la isla es absolutamente llana y que de momento se encuentra a salvo de la rapiña que ha esquimaldo cientos de kilómetros de costa en otros lugares del mundo. Merece la pena recrearse unos minutos y contemplar el trazado geométrico de los jardines en forma de rosa de los vientos que rodean el faro, descubrir pausadamente en la lejanía la ubicación de la islas de Aix o Re o simplemente recrearse con la visión de los ciclistas que pedalean en dirección La Brée les Bains y Saint Denis d’Oléron, población ésta donde se encuentra el mayor puerto deportivo de la isla. Antes de bajar a la calle para aliviar la sed provocada por los escalones, merece también la pena detenerse unos momentos en la pequeña habitación habilitada para los fareros, donde éstos pasaban las noches de tempestad arrebujados en una estrecha cama encajada entre las paredes, mientras afuera los barcos intentaban evitar las traicioneras rocas escondidas bajo las aguas, guiados por la potente luz del faro. Duro oficio éste de farero que, afortunadamente, ha pasado a la historia en el caso de Chassiron, donde todos los procesos están actualmente automatizados.

Sombrilla en una playa de la isla de Oléron

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Almogrote y potaje de berros en la isla de La Gomera (III)

ValleGranRey17El caserío del Cedro y San Sebastián están separados por unos 25 kilómetros de constantes subidas y bajadas. Atravesando este quebrado paisaje uno alcanza a comprender como llego a prosperar ese peculiar sistema de comunicación humano que es el silbo gomero. Si Garajonay es el gran patrimonio físico de la isla, el silbo es su gran tesoro cultural. Así lo ha entendido la propia Unesco, que en 2009 lo elevó a la categoría de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. El silbo era usado por los aborígenes canarios antes de la llegada de los españoles. Luego éstos lo adaptaron para comunicarse a través de barrancos, fortalezas y degolladas. El silbo emplea seis sonidos básicos, dos vocales y seis consonantes con los que se pueden expresar hasta cerca de cuatro mil conceptos. Dicen los expertos que puede escucharse a tres kilómetros de distancia. Hoy día vive un nuevo renacer en la isla, después de que el Gobierno canario estableciese su aprendizaje obligatorio. La mayor parte de los alumnos que aprenden este lenguaje en los niveles de Secundaria y Primaria lo hace en San Sebastián. En la capital de la isla se concentra cerca de la mitad de los algo más de 23.000 personas que viven en La Gomera. San Sebastián o ‘La Villa’ tiene pintas de poblachón, en el que parece que el tiempo se haya detenido, especialmente en las horas del mediodía, cuando el único ruido que le llega a uno es el de la gente que retoza en las arenas negras de su playa. Paseo por la calle Real, donde para mi sorpresa un restaurante ofrece su carta en cirílico, lo que viene a confirmar la cada vez mayor pujanza del turismo ruso en Canarias. Miró en su interior, pero parece que ya ha pasado la hora de los eslavos. Así que me decido por otro más sencillo, Breñusca, donde en esos momentos se establece una animada conversación entre un par de periodistas llegados para cubrir el incendio y un pequeño grupo de vecinos de San Sebastián. Entre unos y otros buscan culpables de la catástrofe. La voz del pueblo, como siempre, es sabia: el principal responsable del fuego es la persona que encendió la cerilla que ha arrasado 2.830 hectáreas en toda la isla. “De todas maneras, la tragedia podría haber sido menor si los dirigentes políticos hubieran actuado correctamente”, dice uno. Para eso, recuerda otro, el Cabildo de La Gomera no debía de haber bajado el nivel de alerta a la hora de combatir el fuego cuando éste todavía no se había controlado, el Gobierno de Canarias tendría que haber tenido contratados aviones especializados en la lucha contra los incendios como hacen otras comunidades durante los meses estivales y el Gobierno de España haber enviado sin dilación los hidroaviones de su competencia viendo como se estaba quemando un Parque Nacional. “Nada de eso se hizo y ahora habrán de pasar de decenas de años para que esto vuelve a parecerse a lo que era a principios del verano”, concluye. Todas estas reflexiones me dejan un poso amargo, que ni siquiera es capaz de endulzar el helado de gofío con el que he rematado la comida. Vuelvo a la calle Real y visitó los principales hitos arquitectónicos de la ciudad: el edificio de la Aduana, donde se encuentra el Pozo de la Aguada del que Cristóbal Colón sacó el agua para sus barcos en su última escala antes de descubrir América y la iglesia de la Asunción, en la que supuestamente rezó el almirante antes de emprender el viaje. Intento visitar la Casa Museo Colón y el Museo Arqueológico de La Gomera, pero ambos se encuentran cerrados, así que encaminó mis pasos hacia la torre del Conde, el edificio militar más antiguo de todas la islas Canarias. La torre, de quince metros de altura, fue construida entre 1447 y 1450 y su historia va íntimamente ligada a la rebelión de los gomeros contra el poder despótico de Hernán Peraza el joven, al que asesinaron después de que se enamorara de la bella aborigen gomera Iballa. En la torre se refugiaron los nobles castellanos y la mujer de Hernán Peraza, Beatriz de Bobadilla. Allí aguantaron, en 1488, las acometidas indígenas, hasta que una expedición al mando del gobernador de Gran Canaria, Pedro de Vera, acabó con la resistencia de los gomeros. La derrota de los aborígenes desencadenó una cruel represión que terminó con el ajusticiamiento, la esclavitud o la deportación de una gran parte de ellos, a pesar de las quejas de la Iglesia y de la reina Isabel la Católica. Resulta difícil imaginar aquel violento hecho histórico rodeado ahora por la tranquilidad que se respira en el parque en el que se encuentra enclavada la torre. En este oasis de césped, rodeado de flamboyanes, palmeras y ficus, descansan ahora turistas y lugareños, mientras un par de atletas hace kilómetros alrededor del camino que lo bordea. La tarde cae, aunque el calor no parece que remita. Llega el momento de tomar el barco que nos devolverá a Tenerife. Es el fin a este periplo por La Gomera, aunque como dice José Saramago en su libro Viaje a Portugal, “el fin de un viaje es solo el inicio del otro”, aunque éste nos devuelva al mismo lugar, en otra estación del año. Sigue leyendo