Ostras y mejillones en las islas de Oléron y Ré (II)

2.- Isla de Ré

Ré es uno de los destinos más elegantes de la costa atlántica francesa. Una isla luminosa, llena de casas encaladas, en donde se valora especialmente el silencio y la tranquilidad. Dos características que la han convertido en un cotizado refugio entre una buena parte de la alta burguesía francesa. En Ré también hay fortalezas que son Patrimonio de la Humanidad, un buen número de playas de arena fina situadas entre las mejores de Francia y algunos tópicos que han forjado su personalidad, como sus burros vestidos con pantalones. A Ré se sabe cuando se llega y cuando se parte, aunque debería estar prohibido tener una fecha fija para marcharse de ella.

Mural con el plano de la isla de Ré ubicado en la localidad de Saint Martin

El puente que conduce a la isla de Ré se terminó de construir en 1988. Es gratuito para los vecinos de la isla y para todo aquel que se atreva a cruzar sus 2.926,5 metros de distancia a pie o en bicicleta. Para acceder en coche es necesario pagar un peaje de ida y vuelta de 16 de euros en temporada alta (del 20 de junio al 11 de septiembre). A pesar de todo, las colas son una constante a lo largo de los meses de verano, en los que pueden llegar a contabilizarse hasta 16.000 vehículos diarios. Otra opción más barata es tomar uno de los autobuses que enlazan La Rochelle con la isla. Sigue leyendo

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Ostras y mejillones en las islas de Oléron y Ré

Extensas playas de arena blanca, decenas de kilómetros de carriles para ciclistas y una gastronomía basada en las ostras y mejillones son alicientes más que suficientes para hacer una escapada hasta las islas francesas de Oléron y Ré, que junto a la cercana isla de Aix, se encargan de proteger la desembocadura del río Charente de los furiosos embates del océano Atlántico.

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1. Isla de Oléron:

A Oléron se accede por un puente gratuito que la amarra a la Francia continental desde 1966. Puede que esta circunstancia haya desdibujado un tanto el carácter insular de esta tierra. Así que nada mejor que llegar hasta ella en una día lluvioso y con niebla para que esta sensación quede por completo diluida. Es viernes por la tarde y si no fuera por las eternas filas de vehículos que intentan cruzar ‘Le Viaduc‘, podría decirse que hemos estado a punto de conseguirlo. Parece un sarcasmo que una isla que se promociona como uno de los lugares más soleados de la costa atlántica francesa nos reciba de esta manera en mitad del verano. Aunque quizás no sea del todo mentira. Al menos eso es lo que uno llega a pensar, cuando ve a que a la altura de Dolus d’Oléron, siguiendo la carretera principal que atraviesa su territorio de sur a norte, las capas e impermeables con las que se cubrían los ciclistas que nos hemos cruzado por el camino han sido sustituidas por camisetas y mallas de colores deslumbrantes que resplandecen entre los rayos de sol que van progresivamente invadiendo el ambiente. Oléron es un paraíso para los amantes de las dos ruedas. La isla cuenta con un centenar de kilómetros de pistas que conectan todos sus extremos, hasta el punto de haber convertido a la bicicleta en el medio de transporte favorito de su veinte mil habitantes, una cifra que puede llegar a multiplicarse por cinco en los meses estivales. En esa época del año, Oléron se encoge un poco, aunque ni de lejos alcanza el bullicio y los inconvenientes de las grandes poblaciones costeras del mediterráneo español, en parte porque su oferta hotelera no es excesivamente amplia, a pesar de contar con 25 espléndidas playas.

La Linterna de los Muertos en St Pierre d'OléronSaint Pierre d’Oléron es probablemente la mejor opción desde donde recorrer esta isla que presume de ser la segunda más grande de Francia después de Córcega. La ‘capital’ de Oléron es una localidad fundamentalmente comercial, con un pequeño casco antiguo peatonalizado copado por cafés, restaurantes y pequeñas tiendas ´delicatessen´, entre las que sobresalen un puñado edificios de un cierto valor patrimonial. Su referente más habitual suele ser la iglesia de estilo neoclásico de la población, consagrada a San Pedro. El templo apenas ofrece nada interesante en su interior, con excepción de las vistas que se observan desde su campanario, abierto al público los meses de julio y agosto. Uno tiene la sensación de haber estado en un edificio semejante decenas de veces en Francia. Así que no conviene dedicarle demasiado tiempo, especialmente cuando no muy lejos de allí se alza la figura de la Linterna de los Muertos, un pináculo gótico del siglo XII, de 23,5 metros de altura (el más alto de Francia de este tipo), ubicado en lo que en su día fuera el camposanto de la localidad. La torre, de ciertas reminiscencias orientales, fue erigida con el fin de guiar el alma de los muertos en su discurrir hacia la vida ultraterrena. Hoy en día, su orgullosa estructura, se levanta en medio de un pequeño jardín, intentando rivalizar con el campanario de la iglesia por ser el punto más alto de la población. Un tercer punto de interés de esta localidad hermanada con Cariñena es la Casa de los Abuelos, una vivienda de puertas y contraventanas verdes, a la que no le vendría mal una mano de cal para recuperar el blanco impoluto que, sin duda, algún día debió de presentar en su fachada. En si misma, la casa no tendría ningún interés, de no ser porque en su jardín se encuentran enterrados los restos del escritor Pierre Loti (Rochefort, 1850-Hendaya, 1923), acompañados por el cubo y la pala con los que jugaba en su niñez. La tumba se puede visitar de junio a septiembre con unas visitas guiadas que permiten conocer la azarosa vida de este marino, reconvertido en escritor de éxito, gracias a obras como ‘Aziyadé’, ‘Ramuntcho’ o ‘La India sin los ingleses’. Loti sigue siendo un autor muy querido en Francia, aunque algunos le reprochan ahora su particular ‘ceguera’ ante el genocidio del pueblo armenio perpetrado por los turcos, de los que era un gran admirador. Una admiración que era mutua y de la que queda como recuerdo un famoso café en Estambul Pierre Lotibautizado con su pseudónimo, ya que en realidad el autor se llamaba Julien Viaud. Si uno quiere conocer el rostro que tenía el novelista, apenas a unos metros de la casa, en medio de la pequeña plaza de Eyup Sultan, se alza un busto de Pierre Loti, vestido con su traje de gala de marino, condecoración al cuello, mostacho al uso de la época y rostro pensativo que algunas veces parece querer desafiar a las decenas de coches que cada día aparcan alrededor de su pedestal. Una tarde da para poco más en Saint Pierre d’Oléron, aunque para aquel que disponga de algo más de tiempo, conviene acercarse al museo de la localidad, emplazado en la plaza Gambetta, para conocer un poco más de la historia y el patrimonio de esta isla (entrada 4,5 euros).

La Cotinière es el primer puerto de pesca artesanal del departamento de Charente-Maritime y el sexto de Francia de su clase. Está a pocos kilómetros al este de Saint Pierre d’Oléron y resulta un destino más que recomendable donde iniciar una segunda jornada de visita por la isla. En La Cotinière se desembarcaron en 2012, un total de 5.476 toneladas de pescados y mariscos, que dieron como resultado una ventas de 26,6 millones de euros. Las cifras hablan de 95 barcos operando desde sus instalaciones, en los que trabajan unos trescientos pescadores. Si algo caracteriza a este puerto es la variedad de los pescados que llegan hasta su lonja: rayas, langostinos, sepias, lenguados, cigalas o lubinas. Todos se pueden degustar en los restaurantes que rodean al puerto o si se prefiere, comprarlos frescos a lo largo de la tarde en el mercado de Victorine, un sencillo recinto de puestos azules y tejas rojas, que lleva el nombre de la que fuera una de las pescaderas más famosas del puerto.

Puerto de la Cotinière, en la isla de Oléron

Desde La Cotinière parte una pequeña carretera que va bordeando la costa noroeste de la isla. Una tras otra se suceden las playas de La Biroire, des Bonnes-Sables Vignier o de Chaucre, emplazadas junto a pequeñas poblaciones que han ido ganando terreno a lo que en su día debió de ser un gran bosque lleno de pinos crecidos en medio de las dunas. Hace una temperatura excepcional para tomar el sol, pero la marea está demasiado baja y hay que andar decenas de metros a través de los arrecifes para llegar al agua, lo que probablemente disuade a mucha personas de acudir con una sombrilla a la arena. Supongo que prefieren esperar a que suba la marea y que hasta entonces han optado por empapar sus cuerpos con las finas partículas de sal y yodo que llegan del océano, mientras dan una vuelta en bicicleta por los alrededores de Les Huttes, de La Bétaudiere o de la Guatrie. Desde esta última población se alcanza en pocos minutos la punta más septentrional de la isla de Oléron. Allí, desde 1836, se alza el faro de ChassironFaro de Chassironvigilando el denominado pertuis d’Antioche, un estrecho especialmente conflictivo para la navegación, debido a la presencia de rocas escondidas y de bancos de arena. El faro es el edificio más alto de la isla con sus 46 metros de altura, a los que se llega después de haber abonado los 2,5 euros de su entrada y de haber superado los 224 estrechos escalones que dan acceso hasta su literna. Desde de la misma se tiene un visión absolutamente excepcional de Oléron y de todo lo que la rodea. Una vista que sirve para comprobar que la isla es absolutamente llana y que de momento se encuentra a salvo de la rapiña que ha esquimaldo cientos de kilómetros de costa en otros lugares del mundo. Merece la pena recrearse unos minutos y contemplar el trazado geométrico de los jardines en forma de rosa de los vientos que rodean el faro, descubrir pausadamente en la lejanía la ubicación de la islas de Aix o Re o simplemente recrearse con la visión de los ciclistas que pedalean en dirección La Brée les Bains y Saint Denis d’Oléron, población ésta donde se encuentra el mayor puerto deportivo de la isla. Antes de bajar a la calle para aliviar la sed provocada por los escalones, merece también la pena detenerse unos momentos en la pequeña habitación habilitada para los fareros, donde éstos pasaban las noches de tempestad arrebujados en una estrecha cama encajada entre las paredes, mientras afuera los barcos intentaban evitar las traicioneras rocas escondidas bajo las aguas, guiados por la potente luz del faro. Duro oficio éste de farero que, afortunadamente, ha pasado a la historia en el caso de Chassiron, donde todos los procesos están actualmente automatizados.

Sombrilla en una playa de la isla de Oléron

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Almogrote y potaje de berros en la isla de La Gomera (III)

ValleGranRey17El caserío del Cedro y San Sebastián están separados por unos 25 kilómetros de constantes subidas y bajadas. Atravesando este quebrado paisaje uno alcanza a comprender como llego a prosperar ese peculiar sistema de comunicación humano que es el silbo gomero. Si Garajonay es el gran patrimonio físico de la isla, el silbo es su gran tesoro cultural. Así lo ha entendido la propia Unesco, que en 2009 lo elevó a la categoría de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. El silbo era usado por los aborígenes canarios antes de la llegada de los españoles. Luego éstos lo adaptaron para comunicarse a través de barrancos, fortalezas y degolladas. El silbo emplea seis sonidos básicos, dos vocales y seis consonantes con los que se pueden expresar hasta cerca de cuatro mil conceptos. Dicen los expertos que puede escucharse a tres kilómetros de distancia. Hoy día vive un nuevo renacer en la isla, después de que el Gobierno canario estableciese su aprendizaje obligatorio. La mayor parte de los alumnos que aprenden este lenguaje en los niveles de Secundaria y Primaria lo hace en San Sebastián. En la capital de la isla se concentra cerca de la mitad de los algo más de 23.000 personas que viven en La Gomera. San Sebastián o ‘La Villa’ tiene pintas de poblachón, en el que parece que el tiempo se haya detenido, especialmente en las horas del mediodía, cuando el único ruido que le llega a uno es el de la gente que retoza en las arenas negras de su playa. Paseo por la calle Real, donde para mi sorpresa un restaurante ofrece su carta en cirílico, lo que viene a confirmar la cada vez mayor pujanza del turismo ruso en Canarias. Miró en su interior, pero parece que ya ha pasado la hora de los eslavos. Así que me decido por otro más sencillo, Breñusca, donde en esos momentos se establece una animada conversación entre un par de periodistas llegados para cubrir el incendio y un pequeño grupo de vecinos de San Sebastián. Entre unos y otros buscan culpables de la catástrofe. La voz del pueblo, como siempre, es sabia: el principal responsable del fuego es la persona que encendió la cerilla que ha arrasado 2.830 hectáreas en toda la isla. “De todas maneras, la tragedia podría haber sido menor si los dirigentes políticos hubieran actuado correctamente”, dice uno. Para eso, recuerda otro, el Cabildo de La Gomera no debía de haber bajado el nivel de alerta a la hora de combatir el fuego cuando éste todavía no se había controlado, el Gobierno de Canarias tendría que haber tenido contratados aviones especializados en la lucha contra los incendios como hacen otras comunidades durante los meses estivales y el Gobierno de España haber enviado sin dilación los hidroaviones de su competencia viendo como se estaba quemando un Parque Nacional. “Nada de eso se hizo y ahora habrán de pasar de decenas de años para que esto vuelve a parecerse a lo que era a principios del verano”, concluye. Todas estas reflexiones me dejan un poso amargo, que ni siquiera es capaz de endulzar el helado de gofío con el que he rematado la comida. Vuelvo a la calle Real y visitó los principales hitos arquitectónicos de la ciudad: el edificio de la Aduana, donde se encuentra el Pozo de la Aguada del que Cristóbal Colón sacó el agua para sus barcos en su última escala antes de descubrir América y la iglesia de la Asunción, en la que supuestamente rezó el almirante antes de emprender el viaje. Intento visitar la Casa Museo Colón y el Museo Arqueológico de La Gomera, pero ambos se encuentran cerrados, así que encaminó mis pasos hacia la torre del Conde, el edificio militar más antiguo de todas la islas Canarias. La torre, de quince metros de altura, fue construida entre 1447 y 1450 y su historia va íntimamente ligada a la rebelión de los gomeros contra el poder despótico de Hernán Peraza el joven, al que asesinaron después de que se enamorara de la bella aborigen gomera Iballa. En la torre se refugiaron los nobles castellanos y la mujer de Hernán Peraza, Beatriz de Bobadilla. Allí aguantaron, en 1488, las acometidas indígenas, hasta que una expedición al mando del gobernador de Gran Canaria, Pedro de Vera, acabó con la resistencia de los gomeros. La derrota de los aborígenes desencadenó una cruel represión que terminó con el ajusticiamiento, la esclavitud o la deportación de una gran parte de ellos, a pesar de las quejas de la Iglesia y de la reina Isabel la Católica. Resulta difícil imaginar aquel violento hecho histórico rodeado ahora por la tranquilidad que se respira en el parque en el que se encuentra enclavada la torre. En este oasis de césped, rodeado de flamboyanes, palmeras y ficus, descansan ahora turistas y lugareños, mientras un par de atletas hace kilómetros alrededor del camino que lo bordea. La tarde cae, aunque el calor no parece que remita. Llega el momento de tomar el barco que nos devolverá a Tenerife. Es el fin a este periplo por La Gomera, aunque como dice José Saramago en su libro Viaje a Portugal, “el fin de un viaje es solo el inicio del otro”, aunque éste nos devuelva al mismo lugar, en otra estación del año. Sigue leyendo

Almogrote y potaje de berros en la isla de La Gomera (II)

ValleGranRey13El regreso desde Alojera es ciertamente penoso. No hay más remedio que desandar el camino hecho por un sinfín de curvas. A duras penas, el conductor podrá poner su vehículo en tercera, antes de alcanzar otra vez la carretera principal que comunica Vallehermoso con Arure. Entramos por primera vez en el Parque Nacional de Garajonay. La laurisilva, los brezos y las fayas cubren por completo algunos tramos de carretera, creando una cúpula vegetal que rebaja en varios grados la temperatura ambiental. La ola de calor que azota La Gomera se hace aquí un poco mas soportable. Sorteamos carreteras cortadas por los incendios hasta llegar finalmente al pueblo de Las Hayas. Aquí, el fuego ha quemado la parte alta de localidad, arrasando gran parte de su vegetación. A pesar todo, los efectivos contra incendios han conseguido sofocar las llamas antes de que pudieran cebarse con alguna de las casas. Seis días, nos dicen, han estado fuera de su hogar los habitantes de La Hayas, antes de que se les permitiera regresar después de haber sido evacuados. “Me marché casi con lo puesto hasta Valle Gran Rey”, nos dice Efigenia Borges con un pequeño hilo de voz. “Estuve viviendo en el coche en el que escapamos, hasta que una conocida me fue a buscar e insistió para que me fuera a pasar esos días a su casa”, dice. Efigenia es unos de los personajes más conocidos de La Gomera. Su restaurante, La Montaña, es un centro de peregrinación gastronómica para todos aquellos que visitan la isla. Aquí parece hacerse realidad aquella famosa frase del poeta gomero Pedro García Cabrera de que “La cocina es el sexo de la casa”. Gracias a una gastronomía casera, basada en los productos vegetales que se cultivan en los alrededores, Efigenia sigue enamorando los paladares de decenas de personas. Su receta es bien sencilla: un menú único con almogrote y ensalada de primer plato y potaje de berros, con escaldón de gofio, de segundo. De postre un pequeño pastelito. Una auténtica delicia para los amantes de la cocina vegetariana que, además, puede verse aderezada por la conversación de la propia Efigenia, quien a pesar de su avanzada edad, ejerce como una entrañable relaciones públicas de su restaurante, de sus apartamentos rurales y de los productos que elabora y embotella ella misma. “Nunca he estado en La Palma y tampoco en El Hierro. Y eso que todos los días me levantó y miró hacia ellas para ver que tiempo va a hacer”, confiesa esta emprendedora, mientras un par de camareros asiáticos sirven las mesas cubiertas con manteles de plástico de color verdoso. “Apenas he viajado a la Península. Casi toda mi vida la he pasado en esta isla”, dice Efigenia. La enjuta anciana, de pelo corto y muy negro, pasea la vista por las paredes y vitrinas de su restaurante, donde se acumulan decenas de reseñas de periódicos extranjeros, además de fotografías de visitantes ilustres. “Todos han sido muy buenos conmigo”, dice, aunque recuerda con especial cariño uno de los episodios televisivos de “Un país para comérselo” que grabaron entre estas paredes los actores Imanol Arias y Juan Echanove. Antes de partir, Efigenia me regala almendras y ciruelas. A cambió prometo enviarle alguna de las fotografías que le he hecho. “¡Ah! y si vuelve por aquí, no olvide visitar mi página en internet para ver los apartamentos”. Sigue leyendo

Almogrote y potaje de berros en la isla de La Gomera (I)

Barrancos inaccesibles, un sistema de comunicación ancestral y un bosque húmedo y relicto Patrimonio de la Humanidad desde 1986. Son algunos de los valores intrínsecos de los que pueden presumir los habitantes de La Gomera. La isla colombina, tan íntimamente unida al descubrimiento de América, como castigada por los incendios a lo largo de este pasado verano, continúa siendo un lugar un tanto alejado de los grandes movimientos turísticos que sacuden anualmente Canarias. Un lugar que merece la pena conocer despacio, saboreando la conversación con sus vecinos y degustando algunos de los platos que han hecho famosa a su gastronomía, como el potaje de berros, la miel de palma o el almogrote.  

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Caldeirada de pulpo en la isla de Ons

Playas, naturaleza y una gastronomía sencilla pero con productos frescos de la mar de primera categoría. La isla de Ons y sus islotes adyacentes componen uno de los cuatro pequeños archipiélagos que conforman desde el año 2002 el Parque Nacional de las Islas Atlánticas en la Rías Bajas de Galicia. Ons suele ser un destino muy solicitado en los meses de verano por el buen estado de conservación de sus playas, aunque cada vez es mayor el número de personas que acude siempre que puede a la isla para perderse durante una jornada recorriendo su red de senderos. Una actividad que es ineludible culminar degustando el producto que ha hecho famoso a este pedazo de tierra: el pulpo, un cefalópodo que allí es casi obligatorio consumir en caldeirada.

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